Unas gafas reposan sobre una mesita de noche mientras las contraventanas enfurecidas por el viento chocan violentamente contra los márgenes de la existencia. Un resplandor mortecino perfila una nariz arrugada por el frío, la noche se abalanza sobre el día; la existencia se disipa y deja paso al sutil abrazo onírico que condena a las mentes débiles con pérfidas pesadillas. Es la muerte de la inocencia.
El vello se eriza y los poros se contraen. La respiración se acelera y el corazón rompe su rítmico baile en pos de seguir viviendo. Con cada segundo que pasa la realidad se desmorona un poco más. Las pupilas se dilatan buscando un ápice de existencia bajo los pesados párpados que las custodian y protegen de la oscuridad creciente del mundo exterior.
Sólo existe una pregunta, ¿podré dormir esta noche?, y lo que es más importante: ¿cómo sabré que estoy despierto?
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